EL EGO Y LAS ARTES MARCIALES.

LA FILOSOFÍA DE LA ESPIGA DE ARROZ (稻穗的哲學)

Artículo escrito por el Shifu Tony Rey García

2017

En este nuevo texto abordaremos con mesura un tema peliagudo y complicado que a menudo causa grandes conflictos cognoscitivos en el desarrollo físico, mental y espiritual de muchos exponentes y seguidores del Wushu tradicional (傳統武術). Concretamente me refiero al “desmesurado culto individual que muchos artistas marciales construyen alrededor de sus Egos”.

IDEOGRAMA DE QIAN (谦), UNA CONJUNCIÓN CALIGRÁFICA QUE NOS REVOCA LA HUMILDAD, LA SENCILLEZ Y LA MODESTIA.

Haciendo alusión a la cultura del campo los pensadores orientales de otra épocas poetizaron la adquisición de la sabiduría con la fructificación de algunos cereales. Es por esto que reza el dicho:  “las espigas de arroz mientras más cargadas, más inclinan su cabeza”. Con esta ideología en el corazón he decidido ilustrar la presentación de este artículo. La bella imagen de un vasto conocimiento que se muestra reverente con la vastedad que lo supera nos revoca el socrático pensamiento de “sólo sé que no sé nada”.

Para tratar esta lamentable situación que a veces presupone en las artes marciales espigar el porte sin un grano de saber, comenzaremos por elucidar dos simples interrogantes: ¿Qué entendemos bajo el concepto de “maestría”? ¿Acaso dominar un arte o un oficio está garantizado por la ampulosa vanidad de un simple mortal?

Obviamente, si nos remitimos al significado intrínseco del concepto de maestría comprobaremos que estamos en presencia de una destreza refinada, sutil y depurada, eventualmente entrenada para realizar algo con extrema precisión. O sea, un “maestro” no es solo quien domina los resortes más internos de una profesión específica, sino también el puente que posibilita transmitir las bases de su desarrollo. Lógicamente podemos concluir afirmando que un  verdadero guía se reconoce en última instancia por la entereza que expanden sus “discípulos”. ¿Quién podría presumir o vanagloriarse de ser una excelencia pedagógica o un mesurado continuador del legado de sus ancestros sin adeptos que lo demuestren? La “tradición” es un sendero que se mantiene multiplicando el número de los que se adentran en sus herencias. Por esto un viejo adagio pugilístico sentencia: “los maestros de impecable trayectoria crean grandes aprendices” (名師出高徒).

A lo largo de la historia ha sido muy común en las artes marciales la exacerbada glorificación  de las ficciones combativas, las ostentosas parábolas de algunas figuras de renombre, las avispadas patrañas de las demostraciones pueblerinas de los conjuntos de acróbatas que ofrecían sus funciones y todo tipo de invenciones pseudo religiosas para tergiversar, ocultar o disimular las propias debilidades y embaucar a los que invierten su dinero en quimeras. Incluso los rótulos nominativos son abundantes en su génesis y evolución estilística, adornando la aureola de muchos líderes pugilísticos con epítetos altisonantes y grandilocuentes. Los bautismos antinaturales y las exageraciones lingüísticas nos hablan de “la camisa de hierro” (铁布衫), “la campana dorada” (金钟罩), “volar sobre los techos y caminar por las paredes” (飞檐走壁), “la cabeza de hierro” (铁头功), “el entrenamiento del lagarto que se adhiere al muro” (壁虎游墙), o “el inmortal que camina sobre las aguas”. Toda esta avalancha de extravagantes métodos adjudicados a las 72 Artes del Monasterio de Shaolin (少林七十二藝綀法), postulan una absurda búsqueda de épicas míticas que nos revocan la imagen del Rey Mono (孫悟空) o las figuradas utopías de los ocho inmortales (八仙). Gran parte de los personajes del pasado quedaron grabados en la memoria de sus predecesores o en los anales de la superstición con altos estándares de poderes sobrehumanos, al nivel novelesco que tanto atractivo produjo en las mentes intelectuales del siglo XIX e inicios de XX.

Ahora bien, si descendemos de las hermosas nubes del folclor e indagamos con honestidad en las genuinas raíces del kungfu no tardaremos en preguntarnos, ¿qué ventaja nos produciría construir un testimonio individual carente de veracidad?

Para avanzar en estas breves dilucidaciones constataremos como la semántica de este término “leyenda” nos describe un conjunto de anécdotas que usualmente traspasan el límite de la realidad y que categóricamente buscan enaltecer los rasgos individuales de un ser humano. A este respecto, el maestro Wong Yi Man (黄宇文) suele ilustrar esta barahúnda de creencias con el epíteto de Gushi (故事), una conjunción caligráfica que literalmente denota un deliberado esfuerzo intelectual para justificar el absurdo orden de una historia o la razón de una práctica descabellada.

¿Para qué sirve esta pomposa memoria individual que muchos adoramos y que desenfrenadamente embadurnamos de motes y narraciones alegóricas? ¿Posee la “leyenda personal de un hombre” alguna trascendencia con respecto a la cruda realidad que lo precede? Para aclarar este punto debemos resaltar que “realidad” es todo proceso natural que no depende de nuestras construcciones mentales para manifestar sus procederes. Por lo tanto, para ser “realistas” en el kungfu tenemos que aceptar desde un inicio nuestras intrínsecas limitaciones. Incuestionablemente, ni vamos a volar como lo hacen los actores de un filme de Hollywood que se amarran con cuerdas o se computarizan en las avanzadas programaciones tecnológicas, ni convertiremos nuestra epidermis en una coraza invencible imperturbable al filo de las espadas. Si somos “pragmáticos” en la metodología y el adiestramiento, no perderemos tiempo en insensateces y por supuesto, entenderemos con sapiencia que doblar una lanza flexible presionando con el cuello no es síntoma de solidez, que concentrarse para doblegar anímicamente a un contrincante con la mente es pura tozudez y que pretender golpear a distancia con el Qi contradice las leyes fisiológicas de nuestros cuerpos. Estos mecanismos apasionados y semi-delirantes son “disfraces históricos” (歷史服裝), fortificadores del folclor y banales estrategias existenciales para divinizar la mortalidad que desde antaño nos recubre.

Otra interrogante se hace imprescindible en este escueto análisis: ¿Qué implica realmente una técnica de Kungfu?

Aquí retornamos a los acápites de la tradición guerrera. En este profundo universo de estrategias y combinaciones biomecánicas, una “técnica” entraña una astuta habilidad para lograr un objetivo de sobrevivencia con el menor gasto de energía posible. Estos sagaces descubrimientos gestuales esconden diversas gamas de ardides lúcidos, refinados y ladinos dirigidos exclusivamente para engañar la reacción de un oponente. Estos recursos aunados a las leyes geométricas, conforman un genuino poder desligado de las falsas leyendas. Una técnica es algo real, palpable, físicamente demostrable, y accesible a todos lo que deliberadamente pretendemos adentrarnos en los profundos caminos del entrenamiento psicofísico.

Volvamos entonces al inicio de este artículo, si la “maestría” es el dominio de una sutil manipulación de las energías biomecánicas y sus efectos no dependen de nuestra ilusión psicológica, ¿para qué tendríamos que inflar la periferia de nuestros Egos con potestades utópicas?

Es fácilmente comprobable que para lograr la realización de una técnica necesitamos “ver” (睹) y para “ver” hemos de separarnos del espejismo de los sentidos. Es muy común mirar sin ver (熟视无睹) cuando la mente está obnubilada. La enorme dificultad que presenta la acción rápida e inmediata de una técnica de kungfu depende de la transparencia de nuestras mentes. Es un hecho irrebatible que mientras más absortos estemos en las quimeras menos podremos percibir el mundo que nos rodea. Metafóricamente, un hombre que vive ensimismado en su “Yo” es como un caballo con anteojera: “camina por la vida con sus pupilas invertidas”. ¿Qué porciento de realidad puede abarcar el estrecho panorama visual de un ególatra que miniaturiza la lejanía con su aptitud y postura?

Para termina esta disertación hemos de proferir la última y más importante indagación: ¿qué es en esencia el Ego?

En el ámbito psíquico el Ego es una configuración psicológica que establecemos sobre el acopio de nuestras experiencias y también de las deficiencias que llevamos dentro. En el plano físico el Ego es una herramienta social que nos sirve de parapeto emotivo e intelectual y por supuesto,  de cimiento para actuar en el contradictorio universo de los “seres humanos”. Sin embargo, si no aprendemos fehacientemente a reducir esta coraza de “halagos” y “adjetivos” usualmente cultivado en primera persona del singular, seremos víctimas de una pompa de jabón que fortuitamente se desvanece con extrema ligereza frente a la enfermedad, las desavenencias de la vida o la amenaza de la muerte.

En las artes marciales el Ego solo significa una “obstrucción del instinto” (阻礙的本能) y en los caminos espirituales “ceguera divina” (神聖的失明). De aquí que el fortalecimiento del orgullo (驕傲), sea directamente proporcional a nuestra incapacidad para actuar con sabiduría. Es sugestivo que en chino la grafía de vanidad (虛榮), esté compuesta de Xu (vacío, 虛) y Rong (floreciente, 榮). O sea, parece irónico el modo en que representan a un hombre egocéntrico, lo podríamos traducir icónicamente como un “honroso vacío” o una “floreciente falta de sustento”. Surge aquí otra vez mi incesante recapitulación sobre esta engorrosa temática. ¿Necesito enfatizar en mi supuesta grandeza para comprender el horizonte que nos rodea? ¿Acaso lo demás creerán todo lo que les digo por el simple hecho de creérmelo yo mismo? En lo personal, nada tengo que perpetuar de mi pasado como artista marcial. Los logros de mi individualidad psíquica son efímeros frente a las adquisiciones del “espíritu”.

Cuando pienso en estas cosas me entristece ver cómo mueren a diario los métodos elevados. Miremos con profundidad nuestras vidas y comprobaremos cuántos saberes son relegados a un lado por confraternizarnos con la quijotesca jactancia que conduce al más pertinaz de los fracasos: “pretender ser lo que realmente no somos”.

A fin de cuentas, la propia vida nos enseña sin tapujos. Cuando honramos o reverenciamos la memoria o las lecciones de un verdadero maestro (真正大師) comprobaremos que las lágrimas de agradecimiento corren por nuestras mejillas cuando este ser luminoso ha labrado en nosotros el humanismo, las dotes filosóficas que profirió con su ejemplo, los valores éticos que supo labrar en nuestras almas y aquella lucha que durante anos lo llevó a desvelarse para exterminar con toda la fuerza de su ser la inmodestia, la altivez, la afectación psicológica y las ínfulas que socaban la odisea del crecimiento. Ciertamente, recordaremos con innegable emoción aquello que podemos “realizar” y por ende, los atributos elevados que paradójicamente al Ego no le sirven para reconstruir su perniciosa leyenda.

Para terminar citaré una bella frase expuesta por el maestro Chen Yanlin (陳炎林), en su libro “Taiji Quan Zhen Yi” (太極拳眞義):

“Sin forma tangible ni imagen perenne, olvídate de rememorarte a ti mismo“ (無形無象, 忘其有己).

Es  elemental, notorio y ostensible que el auténtico kungfu (真功夫) crece cuando dejamos la “costra del Ego” a un lado y actuamos con humildad, sencillez, decoro y responsable dignidad. Las “leyendas” son alimento para la vanidad que en cada bocado nos cierran la córnea. Entender el kungfu en su anatomía tradicional es renunciar definitivamente al oneroso culto personal. Un grano de arroz es insignificante a la mirada, pero cientos nutren y alientan la energía. La sabiduría es la suma de muchos fragmentos de verdades. Cuando estas certezas se unen, nuestra luz crece y el Ego adopta su verdadera dimensión, servir de sostén para una explosión de semillas que fertilicen el despertar del espíritu.

Copyright © – Shifu Tony Rey García
Viena 9 de abril – 2017

 

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