VIVENCIAS DE UN APRENDIZAJE IMPERECEDERO

LAS ENSEÑANZAS DEL MAESTRO WONG YI MAN.

Apuntes biográficos de la profesora Miriam Mercedes Vargas Iribar

2015

Cuando una verdad nace, ignora a menudo las vicisitudes que ha de afrontar en su largo camino. Como es un hecho irrefutable que el mundo de los hombres ha sido edificado sobre los intereses económicos y las ansias de poder, los brotes que llevan el aliento del alma y la luz de la conciencia, han de abrirse paso en la espesa niebla de la incomprensión. De ninguna manera debe extrañarnos que estas semillas del cambio sean marginadas y sometidas a grandes desvíos. Es una ley bajo el Cielo que las estrellas han de alumbrar desde lejos y no les es dado el derecho de regalar sus fulgores sin antes imponer el reto de la distancia. Por lo tanto, al final de su recorrido la verdad siempre termina por resaltar la sublimidad de su belleza.

La Academia Wong Yi Man Nam Pai Kungfu lleva el sino que demarca el rumbo de esta “verdad” imperecedera. Su simiente nació bajo las circunstancias de una época y tuvo que templarse en el fragor de la lucha. No le han faltado enemigos ni falsos profetas. Si no fuera de este modo no sería trascendente su propuesta. La señal de grandeza siempre está dada por la proporción de negaciones que los demás ofrecen. Los caminos que más se desechan son los que ascienden y paradójicamente conducen a las cimas de una montaña. El descenso tienta y las aguas pantanosas no se muestran a la mirada inexperta. De cualquier modo, las lecciones de esta Academia tienen un antiguo origen y como todo lo que ocurre en el mundo de los hombres ocupa un lugar en la memoria, sus particularidades históricas no podrán jamás ser borradas de las crónicas.

Todavía recuerdo con extrema nitidez la tarde en que llegué al barrio chino de la Habana para asistir en la Sociedad Min Chi Tang a la demostración que ofrecería el maestro Wong. Debo constatar como parte latente de mis recuerdos que su imagen proyectó desde un inicio una alegórica impresión de quien ha sacrificado sus horas en pos del dominio y la adquisición de un gran conocimiento. Aunque estaba en un país extranjero y rodeado de artistas marciales dispuestos a poner a prueba sus deliberaciones, su porte desprendía modestia, sensibilidad, humanismo y una ineludible aura de fuerza y experiencia.

Por esa época yo recibía clases del estilo Yang Shi Taiji Quan con el Shifu Tony Rey García quien ya se había convertido en mi preceptor inicial. Como los designios del destino se tornan inescrutables al entendimiento común, nunca llegamos a sospechar que aquellos acontecimientos serían los cimientos que nos llevarían veinte años después a compartir las enseñanzas privadas del maestro Wong Yi Man en su propia tierra y extender más tarde su legado por varias partes del mundo.

Junto al maestro Wong Yi Man en el sur de China.

En este rescate de vivencias no puedo olvidar el momento de nuestra llegada a China tras siete largos años sin vernos. Sólo contábamos con la dirección escrita de su residencia tras haber recorrido un viaje intercontinental lleno de peripecias. La primera vicisitud que nos asaltó en lo más profundo fue la desazón de tocar en la puerta de su casa y no recibir respuesta. El chofer del taxi nos dio a elegir entre retornar a la ciudad de Guangzhou o pagar la cuenta y quedarnos en ese lejano lugar. Casi por instinto, Tony sacó una foto que guardaba en su cartera donde aparecía entrenando junto al Shifu Wong Yi Man y tocando al azar en una de las puertas del edificio, le preguntó a una mujer si conocía a ese hombre. Como lo que está escrito en el camino no puede cambiarse, fue una gran sorpresa reconocer que esa persona era un miembro familiar del maestro. Era su sobrina. La única que tenía lazos sanguíneos con él en una localidad donde viven cientos de inquilinos. ¿No era esto una prueba irrefutable de que las huellas que deben pisarse están dibujadas mucho antes de que hundamos nuestro peso sobre el suelo?

Tras una llamada telefónica que le hizo al maestro Wong Yi Man, este apareció en un período de quince minutos. Despavorido por la emoción se abalanzó sobre nosotros y exclamando el nombre de Tony le dio un efusivo abrazo saltando por encima de sus propios códigos socioculturales. Inmediatamente nos invitó a quedarnos en su casa y agarrando una de las maletas entró en el recinto. Aunque esta anécdota se cuenta en unas breves líneas el peso de emoción que encierra es muy personal y no puede transferirse a los limitados códigos gramaticales. Pronto iniciamos una empatía tripartita que nos llevaría a compartir la privacidad de una información resguardada por sus hijos. Unos días después nos bautizó con el nombre de Duoli y Mili. Duoli significa “gran interior” y Mili lleva implícito la imagen de un “granito de arroz”, una alusión cariñosa a mi baja estatura.

Interminables son las rememoraciones que cobijamos dentro. Dentro de algunas que revolotean en mi mente sobresale una donde estábamos festejando el inicio del año nuevo. Había sido un día de mucho ajetreo y largos rituales caseros, pero Tony no paraba de entrenar en la sala de la casa. Como eran las doce de la noche y supuse que el entorno debería merecer otras actitudes, le dije al maestro: “Wong Shifu, Duoli no descansa ni en los días de fiesta”. Sin dejar de mirarme fijamente y con una sonrisa de placer me dijo: “Duoli es muy bueno. En su conducta y perseverancia muestra el verdadero ejemplo de cómo debe ser un aprendiz. Un estudiante fervoroso no se detiene jamás, ha de ser incansable, estudioso, indagador y nunca flaquear en sus anhelos y búsquedas. Sólo así podrá comprender los fundamentos que sustentan al Wushu”.

En otra ocasión también tuvimos que confrontar con los patrones tradicionales de enseñanza que desconocíamos. El hecho es que notábamos en cada encuentro con el resto de los discípulos una rara reacción en algunos cuando abiertamente y sin preámbulos abordábamos al Shifu Wong Yi Man con nuestras incesantes dudas. No sabíamos que el maestro se toma la atribución de corregir cuando las condiciones son propicias. Mientras esto no suceda los estudiantes no pueden violentar la privacidad de su silencio. En Occidente es todo lo contrario, los alumnos increpamos a nuestros preceptores como si fuesen instrumentos de nuestros antojos personales. En Oriente y específicamente bajo el influjo de la tradición, el guía es quien decide cuándo instruir y hasta dónde hacerlo. Sólo los hijos pueden quebrantar esta norma. Como estábamos viviendo bajo el mismo techo y no teníamos barreras de intercambio, nuestra intimidad denotaba un estatus afectivo fuera de las normas establecidas para los extranjeros. En China, cuando un maestro te invita a su casa es un gesto de extrema confianza, ya que te permite habitar en su interioridad; lo cual implica un lazo de parentesco. De esta manera, hemos sido aceptados durante años como miembros de su familia, hecho que se traduce en un indescriptible privilegio. Esta inmensa dicha nos ha hecho conocer la cultura desde adentro y no confinada a las adaptaciones que se ofrecen en nuestros tiempos.

Las más grandes revelaciones del maestro Wong Yi Man siempre la hemos recibido en la madrugada. Sus lecciones adoptan fuerza cuando la tranquilidad del sueño de una inmensa ciudad propaga el silencio y la introspección de la noche. En estas horas su corazón se abre y deja entrever sus profundas transmisiones. Los secretos trascendentes y las técnicas más letales han sido entregados en estos espacios de completa quietud e impecable aislamiento.

Este ser luminoso posee una capacidad increíble de metamorfosis. Nunca es bueno dejarse llevar por las apariencias. El arte de la guerra se basa en el engaño, un axioma que nos puede hacer confundir la aparente debilidad con nuestra propia perdición. En esto radica el talento del maestro Wong Yi Man. Sabe cómo ocultar su fuerza y habilidad felina en una apariencia inofensiva. Lo he visto caminar muchas veces junto a Tony e increíblemente a sus sesenta y siete años de edad ostenta el paso de un niño, la paz de un anciano y la sabiduría de un erudito. A este gran hombre y bondadoso padre, que nos ha enseñado a cultivar las más elevadas virtudes; lleno de cariño, amor, paciencia e inabarcable confianza, dedico estas letras y mi perenne agradecimiento. Él representa esa “verdad” que abrazo con todo mi ser y que desde el comienzo de su prédica ha cambiado radicalmente el curso de mi vida.

 

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