LA INVOLUCIÓN DE LOS VALORES ÉTICOS

3ra Parte

LOS EXTRANJEROS EN LA CHINA DEL SIGLO XXI

Artículo escrito por el Sifu Tony Rey García

(2014)

Basándonos en la secuencia de datos que hemos ofrecido con respecto a la convulsa y contradictoria evolución de las artes marciales, creo que estamos en condiciones de analizar un tema de extrema trascendencia: el errado aprendizaje del Wushu moderno y su decadente expansión por el mundo.

China – emergente superpotencia del siglo XXI-,  es una sociedad multiétnica enclavada sobre las bases de una indiscutible economía de mercado. Un país que vive bajo la sólida centralización de un gobierno unipartidista y los contradictorios rigores del capital nacional y extranjero, no puede evadir las rupturas de pensamiento y los desacuerdos ideológicos que imponen las privatizaciones, la filosofía monetaria de Occidente, el consumismo desmedido, el estatus que deparan los valores adquisitivos, las propiedades, el usufructo y la herencia, la corrupción funcionarial, los privilegios de clases y la pérdida del paternalismo comunista en una población constituida por más de mil trescientos millones de personas.

Cuando las costumbres folclóricas y los hábitos remanentes de una nación se combinan con la lucha desenfrenada por la sobrevivencia y el pragmatismo de las ganancias individuales, los valores éticos decrecen y sus legados intelectuales se desplazan a un rango de menor importancia. Es esta la causa, de que las artes marciales tradicionales –portadoras de un grandioso patrimonio filosófico y etnográfico-, se hayan transformado bajo las luces de neón que alumbran las grandes metrópolis incrustadas de rascacielos y ostentosas arquitecturas postmodernas, en lucrativas y poderosas fuentes de enriquecimiento.

Como toda empresa comercial debe afanarse por vender una determinada mercancía, los inversores necesitan obtener la aprobación y el reconocimiento volitivo de sus congéneres para garantizar la demanda de sus productos. De este modo, surgen las exacerbadas propagandas de los estilos familiares, las ofertas de aprendizaje en las grandes escuelas provinciales, los viajes organizados al monasterio de Wudang (武當山) y Shaolin (少林寺), las hazañas y prodigios de los viejos maestros, las prometedoras terapias rehabilitadoras y las instrucciones estandarizadas por las universidades de cultura física y deportes (体育大学). O sea, se acrecientan los medios de información y las difusiones masivas para que multitudes enteras terminen eligiendo y aceptando como verídico, las premisas y los enunciados publicitarios que se le presentan.

Los occidentales suelen ser una de las víctimas preferenciales en este exuberante mercado de ventas. De aquí que la mayoría de los asiduos turistas que a diario aterrizan en los aeropuertos de las grandes ciudades, terminen tras algunos años de infructuoso esfuerzo o duras experiencias monetarias y emotivas, trastocando el sentido real de lo que representa el budismo, el taoísmo o las artes de combates genuinas.

Por otro lado, muchos estudiantes de idioma –graduados en las prestigiosas universidades lingüísticas-, creen que tan solo dominando los resortes coloquiales del mandarín (普通話) ya tienen abiertas las puertas del conocimiento. ¡Grave error perceptivo que tristemente puede deparar la frustración y el hastío!

Encontrar en China a un maestro verdadero dispuesto a enseñar es toda una odisea en un panorama plagado de falsos mesías. Sin embargo, si lo que se ansía es hallar a toda costa algún personaje relevante que enorgullezca nuestra imagen con su historia y genealogía, entonces no pasaremos mucho trabajo para descubrirlo. Cualquier región del norte o del sur nos reporta en nuestros días una efusiva colección de figuras acopladas a leyendas y mitos populares que nos harían languidecer la mirada. Con esto no quiero decir que todos sean una falsificación rotunda. El problema radica en que precisamente muchos de los descendientes reales de los grandes maestros del pasado viven de una historia que les reporta prosélitos y reconocimientos sin necesidad de generar demasiados esfuerzos físicos e intelectuales. Bajo estos estandartes de presentación, un sinnúmero de estudiantes foráneos sucumben en la trampa de las apariencias sin ni siquiera notar la falta de solidez o el desamparo aplicativo de las formas y técnicas que los supuestos expertos pregonan.

Con solo mirar detenidamente a un hombre podremos comprender cuanto de verdad o mentira habita en sus palabras. El pensamiento, lo hábitos y la psicología individual conforman los gestos y las apetencias de un modo indisoluble. Por mucho que un demagogo profesional pretenda ocultar sus intenciones, estas se muestran al desnudo en cada elección o movimiento que ejecuta. La mente posee una estrecha correlación con los impulsos nerviosos que llegan al sistema músculo-esquelético. Por ende, los enlaces psicomotrices de un ser humano sin voluntad o con una percepción empobrecida por la falta de un sistema de vida armónico menoscaban sus respuestas locomotoras. ¿Qué quedaría de la destreza de un tigre si desde pequeño lo acostumbramos a residir entre las paredes de una celda? ¿Podría volver a usar sus garras con la misma presteza de los felinos que deambulan por las asperezas del bosque? De nada valen las maniobras de un estilo si no se comprenden y mucho menos cuando apenas se practican. El Wushu es un árbol que florece sobre la actividad constante y el entendimiento de sus raíces.

Podemos avanzar un poco más en estas disertaciones y señalar las diferencias de apreciación que se promueven desde las diversas perspectivas individuales. Hay aquí una especie de fatalismo que nos inmoviliza los criterios en una obsoleta marginación visual. Un estilo de gongfu es apenas una rendija de percepción histórica por donde se escurre un tenue rayo de luz. Si bien un resplandor en una habitación a oscuras es un milagro divino capaz de cambiar las penumbras en esperanza y sosiego, su apariencia celestial no puede sobrepasar los diámetros de un tenue agujero. ¿Cuántas verdades escapan a diario a nuestro pobre entendimiento? ¿No es la ignorancia directamente proporcional a la extensión de la sabiduría? Cuando decidimos abordar el Wushu bajo el prisma de una escuela, estamos apartando la posibilidad de entender el resto de sus creaciones. En este caso, no solo estaremos acercando nuestros ojos a un minúsculo ángulo perceptivo, sino que incluso participaremos de las apreciaciones inconscientes y subjetivas con que coloreamos el mundo.

Un microscopio amplifica el volumen de una partícula y un telescopio nos acerca la fisonomía de las estrellas y los planetas. Los científicos pueden elucubrar sus modelos teóricos sobre la bases de tales observaciones, pero nunca podrán comprender al unísono las infinitas correlaciones que surcan la globalidad del espacio subatómico ni la miríada de procesos interestelares ligados a las constelaciones y galaxias. Por más que se agranden las amplitudes de lo lentes y se perfeccionen las tecnologías científicas, la totalidad fenomenológica del universo es muy superior al estudio de sus partes. Asimismo ocurre con las enseñanzas de un buen maestro. Nos da su criterio llevándonos al nivel de comprensión que profesa. Pero si su conocimiento dependiese de la luz que entra por un solo agujero, nos estaría condicionando a ver el horizonte de un modo incompleto.

Otro punto delicado que inevitablemente hiere la susceptibilidad de muchos emigrantes y peregrinos, es el tema de su afiliación a las escuelas de Wushu. En nuestros días los extranjeros son vistos en  algunas asociaciones pugilísticas de China como una fuente notable de ingresos. Independientemente de la dosis de dignidad que pueda conferir – en los rígidos esquemas sociales chinos-, la adquisición de un alumno con rasgos europeos o pasaporte norteamericano, es indiscutible que su aceptación oficial fortifica el rostro público de la academia, implicando un puente futuro para venideros planes de expansión y enriquecimiento, los cuales asegurarían el sustento del preceptor o de sus familiares más cercanos.

Las antiguas escuelas tenían como objetivo primario el cultivo ético, marcial y filosófico. Con la estandarización del Wushu moderno (現代武術) los altos valores espirituales se confinan al olvido.

Tal vez no sospechemos todo lo que se ha perdido desde los oscuros recodos de la Revolución Cultural (無產階級文化大革命) ni las declinaciones provocadas por la transformación de la economía planificada. El desenlace de estos eventos yace inscrito en los anales de la historia. Cuando el presidente Deng Xiaoping (鄧小平, 1904-1997) promulgó la existencia de un país y dos sistemas (Yi Guo Liang Zhi, 一國兩制), los viejos tiempos del Wushu estaban transitando a una enervante época de consumismo e implacables ansiedades existenciales.

La involucración de las artes boxísticas en los programas educativos comenzó a inicios del siglo XX bajo las iniciativas del presidente Yuan Shikai (袁世凱, 1859-1916). Ahora bien, una cosa fue fundar asociaciones para el fomento de las artes marciales y otra crear institutos deportivos para reducir la diversidad del gongfu a unas cuantas estructuraciones gimnásticas despojadas de su filosofía, así como de los fundamentos teóricos y biomecánicos que consolidan la eficacia de las ejercitaciones medicinales y guerreras. Debemos recordar que lo que hoy se denomina bajo el epíteto de Zhong Guo Wushu (中國武術) es el resultado de una concisa adaptación y sistematización gubernamental acontecida en la década de los años 60 para estandarizar y simplificar la herencia de un pueblo dado al cultivo de las técnicas bélicas.

El movimiento de rescate de las artes marciales chinas se amplifica en el período republicano (中華民國) con la proliferación de diversas organizaciones, como lo fue la Asociación de Estudios Marciales (武術學會) creada en 1918 en Shanghai o el Instituto de Investigación de las Artes Marciales (武術研究會) establecido en la misma ciudad en el año 1923. También se consolidaron diversas organizaciones para el rescate de los valores éticos. El Centro de Estudio de los Conceptos Morales del Wushu (天津道德武術研究會) erigido en Tianjin, es un vivo ejemplo de la tentativa gubernamental por elevar los valores tradicionales.

En la década de los 70 la tendencia oficial propugnada por el gobierno reorienta el cultivo de las artes de combate hacia una marcada simplificación deportiva. Con el curso del tiempo y la involucración de algunos maestros, la fuerte influencia de las reformas boxísticas promueve la fundación en Beijing en 1980 de la Facultad de Cultura Física y Deportes (北京體育學院). Si en épocas antiguas la maestría fue el resultado de un arduo proceso de entrenamiento y desarrollo personal, con las nuevas orientaciones políticas impulsadas por el presidente Mao Zedong (毛澤東, 1893-1976) y Zhou Enlai (周恩來, 1898-1976) la ejercitación popular y masiva del pueblo repercute definitivamente en las nuevas readaptaciones.

Solamente el acto de convertir al Wushu (武術) en una educación física en consonancia con la visión competitiva occidental demarca una notable diferencia de enseñanza, alejada de las experiencias energéticas y médicas experimentadas durante miles de años. Un deporte (體育) despojado de filosofía es tan perturbador como lo sería un anochecer sin estrellas.

Con la producción de filmes hongkoneses se rotulan los iconos folclóricos que durante décadas inmovilizarían el criterio de muchos adeptos. Evidentemente, las leyendas y los roles televisivos, acrecentaron la proliferación de algunas escuelas y sobre todo, singularizaron la imagen de los viejos personajes del siglo XIX.

El mito de Wong Fei Hong (黃飛鴻) ampliamente popularizado en el cine en los años 70 por el actor Guan De Xing (关德兴), fue un hito determinante en la reducida visión histórica del estilo Hong Quan (洪拳). Como Occidente ama el misterio y adora sentirse afiliado a un conocimiento exclusivo, algunas escuelas han sabido atraer la atención de miles de prosélitos inoculando una fuerte dosis de fantásticas historias.

De algún modo somos el resultado de lo que hemos vivido. La historia no descorre las hojas de los almanaques impunemente ni las canas nos tiñen las sienes de otoño por el simple placer de modular la cualidad de nuestro rostro.

Es obvio, que un maestro nacido en las postrimerías de la dinastía Qing (清朝, 1644-1912) estaba familiarizado con la mentalidad y el código moral reinante en el ambiente histórico y sociopolítico circunscrito a la ocupación manchú. Por mucho que este viejo patriarca se esforzase en inmortalizar su visión personal del arte marcial profesado en su época, de ningún modo podía garantizar que las transmisiones se extendieran hacia el futuro, con los valores perceptivos que enfundaban luz en lo más íntimo de su corazón. De esta forma, aunque el conocimiento de una escuela hubiese sido transferido durante varias generaciones con innegable celo, la psicología de los pueblos sería moldeada según se transformasen las circunstancias económicas y políticas. Lo mismo ocurre con nuestros hijos y nietos. Llevan en sus caracteres algunos rasgos tomados de la madre y el padre y otros que desconocemos por completo.

Como ya lo hemos dicho, no es imposible que un estudiante occidental establecido en territorio chino termine tras años de estudio y convivencia social comunicándose en algunos de los dialectos del norte (北方話), e incluso que también logre dominar los resortes más rebuscados de la lengua culta. Todo eso podría suceder cuando las horas de esfuerzo han sido debidamente focalizadas. Pero lo que nunca obtendrá este devoto de la cultura oriental por más que trasgreda los límites de su inteligencia, es hacer que su impecable fonética o la destreza de su escritura transformen el curso de los acontecimientos que demarcan su presente.

La cultura china surgida hace más de 5000 años y expuesta en textos sapienciales que todavía pregonan la visión dual del universo y la insensatez del apego a las pertenencias efímeras, se ha metamorfoseado profundamente en los interiores de una colosal potencia económica. Sus nuevos ciudadanos ya no caminan con los preceptos del taoísmo filosófico a cuestas, ni respiran las prerrogativas humanísticas del legendario Gongzi (公子). Antes bien, miran el horizonte que los rodea con las pupilas amarradas al dinero, edificando las aspiraciones sociales y los emblemas psicológicos sobre la base de las adquisiciones materiales.

En un ambiente depauperado por el valor de lo que puede mostrarse, un  teléfono celular de último modelo es más importante colocado encima de una mesa, que el pensamiento de la propia persona que lo sostiene. A modo crítico deberíamos preguntarnos, ¿qué espacio queda en estos banales contextos para el cultivo de los méritos intelectuales?

El Wushu es una ideología regeneradora. Aprenderlo con autenticidad equivale a modificar los patrones de vida y los esquemas de comportamiento. No existe otro modo de abordarlo que no sea sacrificando nuestras superficies egocéntricas. Si los propios monjes taoístas y budistas tienen que luchar en la actualidad contra las crueles leyes del mercado y no pueden entregarse al abandono de una meditación despojada de cotidianeidades superfluas, ¿hacia dónde dirigirá sus pasos un simple mortal con espíritu de renuncias?

La representación de este modelo de relacionamientos, donde las marcas y la moda garantizan los gustos y las apetencias, nos deja claro que el uso del lenguaje imposibilita establecer una transformación rotunda del ser. Participar de una sociedad que dialoga sobre el curso de las adquisiciones y que desconoce hasta qué punto ha sido embrutecida por la pasiva aceptación de los eslóganes propagandísticos, es una patética e inhumana manera de involucionar.

Las manipulaciones humanas han existido en todas las épocas. Antes del 1949 los falsos criterios eran muy abundantes en los círculos marciales. De hecho, las falsificaciones escritas y los dogmas errados llenaron las librerías con el clamor de las revelaciones literarias.

El talentoso e incisivo historiador Tang Hao (唐豪, 1897-1959), desmitificó muchas de las historias referentes a los orígenes del estilo Chen (陳式), la existencia de Damo (達摩), la leyenda de la creación del Taiji por Zhang San Fen (張三丰), los mitos esotéricos del monasterio de Shaolin (少林寺) y las erradas divisiones creadas entre los partidarios de la escuela Nei Jia (內家) y Wai Jia (外家).

Alcanzar el eje del Wushu no significa aprender un Taolu (forma clásica de un estilo, 套路) ni tampoco el hecho de haber pasado por la ceremonia de Bai Shi (rito que se hace para honrar al maestro y ser reconocido oficialmente como discípulo, 拜师) ni mucho menos retornar al país de origen con tres medallas olímpicas o un título universitario. ¡Es mucho más que esto! Tal como hemos enfatizado en otras disertaciones, Wushu es el arte de seguir el ejemplo decoroso de un hombre que nos sirve de guía durante toda la vida y el oficio de ser conscientes de nuestras debilidades intrínsecas.

Al final, si miramos con sapiencia el uso de las manos y los pies, nos percataremos que toda su aparente complejidad y rigor, conforman un pretexto idóneo para llevarnos a derrumbar la horrible imagen que hemos erigido en nuestros Egos. Este premio a la constancia y al sudor no necesita de ubicaciones geográficas. El país que debemos visitar y conocer para alcanzar la percepción literal del universo se llama espíritu (神). Esta tierra interior es de todos y permite el acceso a sus paisajes totalitarios sin restricciones nacionalistas ni documentaciones oficiales. Nos deja comulgar con el Ser cuando abandonamos  deliberadamente nuestras efímeras limitaciones cognoscitivas.

Si un maestro no conduce a sus discípulos a esta franja divisoria que colinda con la existencia del Dao (道), entonces de nada han servido los lazos genealógicos, las poses marciales y las leyendas de los antepasados. Esta fantasía rutinaria solo sirve para saciar el hambre atávica que devora a nuestros Egos.

El espíritu ancestral (元神) no respira la contaminación de los sentidos. Es el lado que nos conecta con el entendimiento que mana de un corazón abierto. La sabiduría nos es un léxico y mucho menos una gramática lingüística confinada en los bordes de un idioma. Aquello que los filósofos han sentido, ha quedado excluido en sus limitadas transcripciones. El avance interno depende en última instancia de haber sabido liberarnos de las espesas capas de desperdicio racional con que cubrimos nuestra absurda identidad. Desde un inicio, todos hemos nacido enlazados al Dao. No entendemos su mensaje porque contraponemos las conjeturas y contradicciones que ensordecen los oídos del alma. Sordos y ciegos seguimos hablando hasta la vejez, mientras los demás solidarizan su aislamiento con nuestra miopía cotidiana.

En este estado de decadencia espiritual da lo mismo si hablamos de Qigong, Wushu, Taiji o medicina tradicional. Nada puede ser comprendido mientras vivamos exiliados del espíritu. El verdadero camino es un retorno hacia lo que hemos perdido.

 

26 Responses to “LA INVOLUCIÓN DE LOS VALORES ÉTICOS”

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