LA INVOLUCIÓN DE LOS VALORES ÉTICOS

Posted in EL CIRCO Y LAS ARTES MARCIALES CHINAS on julio 26th, 2014 by admin

2da Parte

EL CIRCO Y LAS ARTES MARCIALES CHINAS

Artículo escrito por el Sifu Tony Rey García

(2014)

Dada la notable degeneración del Wushu competitivo (競賽武術) ocurrido tras las medidas de control y sujeción llevadas a cabo en el convulso período de la Revolución Cultural (無產階級文化大革命), las artes de combate chinas terminan tras siglos de evolución militar, rebeliones civiles, conjuras políticas y un inobjetable desarrollo de las escuelas pugilísticas, estandarizadas con gestualidades y desplazamientos de la Ópera de Beijing (京劇), habilidades acrobáticas (雜技), poses teatrales (戲劇) y en el peor de los casos supeditadas a las prerrogativas que otrora nutrieran los espectáculos de los artistas itinerantes (馬戲表演).

Los falsos poderes son mostrados como si fuesen el núcleo central de las artes marciales chinas. Un cuerpo sostenido sobre las puntas de varias lanzas no posee ninguna relevancia si se comprende que los tejidos epidérmicos no podrán resistir de ningún modo el impacto directo con una superficie metálica. Wushu es el arte de protegerse, no de  soportar estoicamente los ataques de un oponente. En ningún recodo de la historia de Oriente los guerreros olvidaron  la fragilidad de sus cuerpos.

Este detalle histórico nos lleva a establecer una sutil comparación entre las motivaciones que promueven la ejercitación del Wushu moderno (新武術) y las que nutren el universo  circense.

Evolucionado desde la más remota antigüedad en culturas tan antiguas como la china, la egipcia o la mesopotámica, el circo estuvo compuesto de un elenco de acróbatas (雜技演員), contorsionistas (柔软雜技演員) y prestidigitadores (魔術師) que en disímiles períodos y contextos socioculturales y religiosos ofrecían sus campestres y atractivas demostraciones deambulando por los pueblos y comarcas o actuando en las propias inmediaciones donde la clase acomodada erigía sus lujos arquitectónicos.

Desde los grandes patriarcas de los clanes familiares hasta la prole de desamparados que se agolpaban en los suburbios y aldeas, todos conocían a aquellos grupos de aventureros que a la luz de las antorchas o en los escenográficos paisajes de los bosques y montañas, desenvolvían sus facultades histriónicas en conjunción con la danza y los acordes de los instrumentos musicales.

Como el objetivo fundamental de estas agrupaciones consistía en fomentar la diversión, el entretenimiento y la admiración de los miembros de la corte, las demostraciones debían despertar el interés y la perplejidad de sus espectadores. De este modo, fueron sobresaliendo las figuras arquetípicas del circo y sus complejas variaciones etnográficas.

Un elenco circense viaja por el mundo ofreciendo habilidades. ¿Qué diferencia puede existir entre estas agrupaciones y el conocido Show que los monjes de Shaolin ofrecen? La cultura marcial del pueblo chino es una muestra fehaciente de un pensamiento filosófico, médico y militar. ¿En dónde quedan sus valores imperecederos?

No es mi interés menoscabar la imagen del Wushu ni ofender a sus más afanados precursores. Mis letras no están dirigidas contra los maestros que defienden y propagan las verdades de una civilización repleta de valiosas contribuciones ideológicas, sino a las malformaciones desenvueltas en los crepúsculos de un siglo tecnológico que de un modo incisivo y voraz afecta el pensamiento y la volición de nuestros congéneres.

Hoy en día se confunden y se trastocan los conceptos y las tendencias. En este ámbito de cosas, no debe extrañarnos que el término de Qigong sea un sinónimo de obnubilación y que sus propagadores expongan una gimnasia rítmica, que en algunas de sus modalidades monásticas no pase de ser una innecesaria manifestación contorsionista.

La propagación de estas habilidades es confundida con el Qigong o con la conservación de secretos ancestrales.

Si establecemos un símil entre la puesta en escena de un circo y las demostraciones del Wushu contemporáneo, encontraremos grandes parentescos.

En las arenas de las viejas carpas, los magos engañaban la mirada del público en una admirable taumaturgia. Igualmente acontece con muchas de las sublimes realizaciones de los especialistas de Qigong. Son solo artistas de las apariencias que presumen de ser lo que su propia fisiología desmiente. Muestran una invulnerabilidad prefabricada y decoran sus espectáculos con una aureola mística y fantasiosa que en nada envidia los libretos más ilustres de las grandes compañías artísticas.

Si las imágenes de Shaolin fuesen el resultado de la adquisición de conocimientos ocultos entonces los contorsionistas de todo el mundo también serían grandes maestros de Qigong.

En las artes marciales también se vislumbran las sorprendentes cualidades de los malabaristas. O sea, me refiero a esa cualidad de manipular con suma habilidad varios objetos a la misma vez. Tristemente podemos encontrar sus réplicas en todas las manifestaciones actuales que blanden las espadas y las lanzas como si fuesen las cintas que decoran los movimientos de la gimnasia rítmica, sin respetar las técnicas que definen la anatomía del armamento que esgrimen.

No podríamos continuar esta profusa alegoría si no viésemos resurgir bajo las carpas los vestuarios y el maquillaje de los payasos y titiriteros. Una antigua profesión destinada a aquietar la ira de los reyes y la zozobra de los condes y duques. Si bien en su guión resurgen los clichés de los viejos tiempos, su misión es hacer reír. Créanme que estimo en gran medida el talento de los que nacen con ese don. No obstante, en el mundo boxístico estas efigies se tornan ridículas cuando son portadoras de un Ego desmesurado o si estando encumbradas tras una deficiente formación técnica osan proponerse como patriarcas de los estilos que apenas dominan.

En ninguna medida desearía que mis lectores pensaran que utilizo estas dilucidaciones para ironizar los esfuerzos ajenos. A lo largo de toda mi vida he sido un ferviente amante de las artes marciales y en mi patrón de conducta no caben actitudes de este tipo. En cualquier caso, no soy yo el que ríe ni se reconforta con ver tales situaciones. Los propios protagonistas de estas escenográficas actuaciones delimitan las características de lo que realizan, no pudiendo evitar las reacciones inconscientes que generan en los antagónicos sentimientos humanos.

Si usamos como referencias algunas ejecuciones folclóricas como las que se realizan bajo el nombre de Sun Wu Gong (el conocido rey mono, 孫悟空), los niños y adolescentes no tendrían impedimento alguno en dejar pasar un rato agradable vislumbrando los matices faciales, las volteretas y las espectaculares ejecuciones equilibristas que sus representantes realizan. ¿Podemos definir estas maniobras de imitación como las premisas de un boxeo altamente efectivo?

El Hou Quan (boxeo del mono, 猴拳) toma elementos de los simios y los adapta al hombre. Lo mismo acontece con las técnicas de tigre (虎拳), de leopardo (豹拳), de grulla (鹤拳), de águila (鷹拳) y de serpiente (蛇拳). Las peculiaridades de los felinos, las aves y los reptiles se combinan (respetando la biomecánica articulatoria y músculo-esquelética) con los puños, las palmas, los pateos, las garras y los desplazamientos en una pragmática interpretación de sus aplicabilidades corpóreas. Degenerarlo en una exclusiva manifestación de malabarismos, guiños de ojos y muecas simiescas lo convierte en un excelente material para seriales mitológicos.

Un combate real es un trágico instante donde la vida y la muerte penden de un hilo de oportunidades fugaces. ¿Acaso vamos a saltar media hora de un lado para el otro para malgastar el Qi mientras le cedemos al oponente la serenidad de esperarnos tranquilamente en una postura repleta de potencialidades? Si el encuentro es con varias personas, ¿cuánto tiempo vamos a resistir el ritmo de la acrobacia?

Un buen estilo es un método de lucha y no una virtuosa coreografía para deleitar al auditorio de un teatro. Perder el objetivo es correr el riesgo de sufrir los crueles efectos de las circunstancias externas. La inmadurez es un factor letal en el ámbito de la defensa personal.

La representación de un modelo de lucha no puede carecer de inteligencia. Endurecer la cabeza, partir piedras con las manos, atrofiar los miembros y anquilosar las articulaciones exponiéndolas al contacto permanente con barras de madera o columnas de mampostería es otra prueba total de incomprensión profunda. Estas alocadas estrategias obstruyen el sentido del arte marcial: vencer con celeridad la tentativa de un oponente. Según los dictámenes teóricos de las escuelas más sobresalientes, dedicar 10 años a sostener el cuerpo sobre dos dedos no quiere decir que poseamos el arte de movernos con inteligencia para apartar las intenciones de un oponente. En todo caso, utilizar las falanges con el fin de penetrar en las zonas óseas del cuerpo, es tan insensato como en una batalla naval mandar a la infantería a que se sumerja en el mar para luchar contra los acosos de un submarino.

El maestro Wong Yi Man enfatiza reiteradamente que las demostraciones de Ying Gong (硬功) no son aplicables en la lucha. Una lanza torcida bajo el empuje del cuerpo no es en ninguna medida la prueba de la invulnerabilidad del cuello. Vista bajo el prisma real de lo que se realiza, es solo una técnica utilizada con un material flexible para impresionar la fantasía de los espectadores.

Mientras más volumen corporal posee un practicante menos entiende el concepto de Gang (lo firme, 剛) y Rou (lo blando, 柔). Por ende, su propia anatomía lo priva de una biomecánica correcta. Si la caja torácica es demasiado corpulenta por el excesivo entrenamiento con pesas, los codos se abren cuando el puño es expelido hacia el frente. De este modo se produce un bloqueo de energía que afecta la circulación del brazo. Ya que el movimiento y la energía poseen una estrecha correlación, la contracción muscular de los miembros superiores acrecienta la detención del hálito interno, produciendo un cierre de las puertas del hombro y de las muñecas. No por gusto los maestros hablaban de que la relajación es la madre del poder. En efecto, estaban revelando los desórdenes provocados por la tensión. La dureza es un defecto que arruina la conexión del Qi, cuando debe elevarse desde el suelo hasta las extremidades de las manos.

El papel del cuerpo es dejar que la fuerza del Cielo y de la Tierra sea conducida hacia la superficie. Donde el Qi no llega, el Shen (espíritu, 神) se desvanece. He aquí el surgimiento de los grandes errores locomotores que albergados en las ejecuciones actuales no posibilitan que la teoría marcial funcione. ¿Cómo puede mostrarse la lucidez de un arte combativo cuando lo que prevalece son las habilidades juglarescas? Debemos recordar, si queremos avanzar en los acápites de las artes militares, que la bala de un revólver adquiere mortalidad bajo el efecto de la velocidad y no por el tamaño de su envoltura.

Innegablemente los seguidores de estas ejercitaciones poco tendrían que hacer sobre un cuadrilátero de Lei Tai (擂臺). Han sido preparados para resistir a los golpes y no para mostrar un alto dominio de la evasión y la intercepción de la fuerza. De hecho, solo basta con mirar los innumerables encuentros de Sanda (modalidad de combate en el Wushu, 散打) para convencernos de cómo relucen las maniobras de Judo (柔道), de Taekwondo (跆拳道), de Kickboxing (踢拳), de Karate (空手道) y de boxeo occidental (拳擊), ausentándose radicalmente los recursos de las escuelas del norte (北派) y del sur (南派).

Lo peor acontece cuando sus dirigentes osan denominar a los participantes de dichos eventos como representantes fidedignos del Wushu nacional. ¿A qué arte marcial se refieren?

El Zhen Wushu de nuestros días (Wushu verdadero, 真武術),  es incomprendido y está siendo apuntalado dentro y fuera del continente chino por suplementos colaterales (como son las artes japonesas y coreanas). Esta situación convierte su aplicación en una vergonzosa yuxtaposición de elementos extranjeros dirigida a elevar el honor de una nación que posee en los linderos de su historia el origen de la mayoría de las tendencias diseminadas en suelo asiático.

Algunos fervientes defensores de estas disciplinas mixtas tendrían suficientes razones para interpelar los argumentos expuestos ante la indiscutible evidencia de sus acciones combativas. De ningún modo pongo en duda tales alusiones. Es obvio que un buen entrenamiento de Kickboxing puede ser tan efectivo como las pericias adquiridas por un boxeador profesional. No coloco en dudas las experiencias y utilidades de las artes marciales en todas sus variaciones geográficas e históricas. Simplemente me estoy refiriendo al Wushu como un sistema independiente de lucha.

Si observamos las modalidades pugilísticas diseminadas por el mundo constataremos como sus máximos exponentes respetan los códigos doctrinales. Un adepto del Aikido no se defiende utilizando los pateos del Taekwondo y un maestro de Okinawa sublimiza las variaciones de ataque y defensa que sus ancestros le transmitieron. Ambos adquieren una personalidad identificable desde el primer momento en que posamos nuestra mirada en sus acciones. Si no fuese de este modo, todas las tendencias marciales se definirían bajo una misma terminología destruyendo sus características y peculiaridades.

¿En qué sitio han quedado las herencias de un pueblo dedicado al arte de la guerra durante más de 5.000 años?  ¿Cómo pudieron emerger en el período de los Reinos Combatientes (戰國時代), o en las sublevaciones contra la ocupación mongola los estilos que encumbraron las siglas familiares y el renombre de los grandes líderes insurreccionales? Inobjetablemente estamos presenciando un momento de grandes pérdidas sustanciales y de una lamentable divulgación del Wushu. Todo lo cual concluye por arruinar contundentemente su estudio y valoración, aún dentro de la propia China.

Las propagandas engañosas tergiversan el alcance del Wushu.

El decoro de un asceta consiste en ser consecuente con la ideología que practica. Un devoto se adentra en los muros de un templo para aislarse del bullicio mundanal que perturba la quietud de los sentidos en la búsqueda del Nirvana (Li Pan, 浬槃).

Nirvana es el estado mental que libera al hombre de las causas del sufrimiento y del dolor (Si Sheng Di, 四聖谛).  Tales son los principios esenciales que hacen a un monje ensimismarse durante años en la concentración (Samadhi, 定) y la serenidad (Ji Jing, 寂靜), dos atributos indispensables en la ascesis religiosa devenida de la India que posibilitan reorientar la visión de los prosélitos hacia las márgenes del despertar, trascendiendo la eterna rueda del Samsâra (Lun Hui, 輪迴).

Cinco preceptos fundamentales (Wu Jie, 五戒) definen su comportamiento:

  • Bu Sha (不殺 – No causar males a los demás)
  • Bu Wang Yu (不妄语 – No mentir)
  • Bu Tou Dao (不偷盗 – No robar)
  • Bu Xie Yin (不邪淫 – No relaciones carnales)
  • Bu Yin Jiu Lei (不饮酒類 – No consumo de bebidas alcohólicas)

Todas las vertientes diseminadas en Asia están permeadas de estas directrices. Las amplias derivaciones del Hinayana (Xiao Cheng, 小乘), el Mahayana (Da Cheng, 大乘) y el budismo tibetano (Zang Chuan Fo Jiao, 藏傳佛教) respetan y cultivan los códigos doctrinales.

¿A qué espiritualidad se refieren los exponentes monásticos de Shaolin cuando pregonan y divulgan un arte de guerra por el mundo?  Si un monje no debe atentar contra la vida que lo rodea, ¿cómo pueden dedicarle tiempo y energía en visualizar un agarre a la garganta o en pregonar una extraña tradición que mezcla con infalibilidad el apego a las ganancias, la agresividad y el cultivo del cuerpo físico? ¿En qué sitio dejan la misericordia y la pasividad de un camino de no violencia? Dentro de los sermones pronunciados por Sidhârtha Gautama, ¿hubo alguno donde exhortase a sus seguidores a la ejercitación de técnicas militares?

Esta es una situación compleja y engorrosa. Ni siquiera podemos asegurar que sus equipos de representación internacional estén mostrando las gemas de una tradición literal. Confunden la mente occidental con aspiraciones y esfuerzos que no conducen al desarrollo marcial y mucho menos al crecimiento espiritual. ¿En dónde están los estilos genuinos creados por sus ancestros? Evidentemente, el monasterio de Shaolin ha perdido el contacto con su genealogía. El problema real que confrontan ni siquiera estriba en que contradigan con sus acciones los mandamientos religiosos que profesan, sino en la insistente divulgación de los aspectos más banales e intrascendentes del Wushu. Valdría la pena que revalorizarán su proceder. De cualquier modo, tarde o temprano el mundo terminará despertando y las expectativas globales se dirigirán a satisfacer las necesidades verídicas. Si lo que pretenden es perpetuar un legado, ¿por qué no lo muestran? Creo que la misión de un sacerdote es llevar al hombre a la comprensión de las grandes verdades filosóficas y no a la confusión de los sentidos.

Si en una época los monjes de Shaolin necesitaron de guardianes que protegieran el templo contra la incursión de los bandidos, ¿cuál es la razón por la que insisten en nuestros días en mantener estas discrepancias ideológicas?

Las confusiones son tan agudas y pronunciadas como para influir en las apetencias de un pueblo.  Luego del advenimiento de la economía de mercado, las generaciones jóvenes del gigante asiático se entregan a la práctica de las disciplinas deportivas y occidentales sin sospechar el desarraigo que producen en su acervo sociocultural. Todo lo ajeno les atrae con fervor y denuedo, al punto de llevarlos a contradecir los principios energéticos y filosóficos que podrían restaurarles la salud, la armonía y el crecimiento espiritual.

Las técnicas del faquirismo hindú penetraron en el budismo.

Por último, debemos tocar un tema preocupante y altamente delicado desde el punto de vista gnoseológico y humanístico. Es evidente para todos los que desde niños hemos ido a ver las ferias internacionales, que en un circo sobresalen los animales amaestrados. Si bien es sorprendente apreciar lo que el látigo y las golosinas logran en los felinos, perros, caballos y elefantes, es triste percibir a seres humanos con supuesta capacidad de raciocinio aceptando como legítimas las prácticas curativas y marciales adulteradas por el comercio.

Estar domesticado por la propaganda es también un modo de ser esclavo del error. Como ya lo hemos dicho en reiteradas ocasiones, el hombre embrutece cuando no es capaz de estudiar, considerar, distinguir y comparar lo que realiza con su cuerpo. Hasta las especies más inofensivas se resisten en ciertos momentos al hábito de una representación impuesta colocando en aprietos la dogmática y cruel metodología de sus amos.

En este ámbito la insensatez alcanza niveles impredecibles. En imágenes expuestas por reconocidas cadenas televisivas de China se muestran algunos maestros de la corriente de Qing Chen Pai (青城派), instruyendo a cientos de discípulos en obsoletas demostraciones que mancillan los conceptos más elevados del taoísmo. Una escuela enclavada sobre la no oposición y la armonía no puede propugnarse con seriedad y respeto codificando un método de entrenamiento donde los prosélitos se extenúan aprendiendo acrobacias intrascendentes o malgastando su tiempo en tratar de realizar las hazañas circenses que pesarosamente conducen a padecer severos traumatismos físicos.

La resistencia física y mental es un requisito de los ascetas que se entregan a la mortificación extrema. Entre un faquir y un artista circense que se traga espadas y vomita fuego solo se entreabre la diferencia doctrinaria. A uno lo lleva la vocación espiritual y al otro lo incita el deseo de ser remunerado y admirado por un público. ¿Qué comprensión de la vida puede lograrse mutilando la fisiología del cuerpo?

Lo preocupante de estas falsas divulgaciones es que incluso sus exponentes presumen de ser religiosos y no esconden a la mirada pública sus indiscutibles apegos materiales y el lujo disipado de una vida de alta adquisición económica sustentada sobre la base de la credulidad y del engaño.  Es bien sabida la fuerza que tienen los medios de difusión masiva, que lejos de ser una vía de denuncia y comprensión, en muchos casos se transforman en ventajosas puertas para lavar y manipular el cerebro de multitudes enteras. ¿Qué terreno queda entonces fuera de esta cruel degeneración perceptiva que nos permita hablar de las verdades perdidas de antaño?

La famosa práctica de las 72 artes de Shaolin (少林七十二艺) ha sido también un tema de secretismos que ha prendido la imaginación del público en general. Una mirada despojada de fanatismos y de erradas creencias nos convencería radicalmente de que ninguno de estos rebuscados métodos concluye por exponer las veracidades de un estilo.

En las escuelas sureñas del período de la dinastía Qing (清朝, 1644 – 1912) parte de estas modalidades de fortalecimiento definían los niveles más elementales de enseñanza. Si tan solo analizamos algunas de las metodologías del estilo Hong Quan (洪拳) veremos cómo las ejercitaciones psicofísicas ascendían en tiempos antiguos a 108 sistemas de tonificación muscular y focalización del poder.

Muchos enfatizarán con orgullo que el Hong Quan heredó estas técnicas del templo de Shaolin, una excelente justificación para otorgarle misterio y atractivo a un boxeo que ha sido ampliamente divulgado por el mundo. No obstante, aunque Hong Xi Guan (洪熙官) haya recibido transmisiones monásticas no podemos desvirtuar el talento personal que impuso en su gestación y el de múltiples seguidores anónimos que en el fragor de la lucha clandestina remodelaron las transmisiones familiares bajo los estandartes políticos y las conjuras gubernamentales.

La mayor parte de las tendencias forjadas en la provincia de Guangdong usaron a plenitud las modalidades derivadas del Wai Gong (外功), justificando plenamente su aplicabilidad con los recursos que direccionaban el contacto físico. Sin embargo, esto no quiere decir que todas las ideas promovidas en este período fueran positivas. De hecho, muchas creaciones terminaron siendo excluidas de las academias por conducir a desórdenes energéticos o reducir significativamente la duración de la vida.

Debemos recordar, que lo que viaja en contra de la naturaleza se opone al Dao. Por ende, las ejercitaciones eremíticas que flagelan y desarmonizan nuestro organismo van a provocar irremediablemente desajustes en el flujo de Yin y Yang. Cuando las polaridades del Qi son fracturadas, las leyes de Taiji terminan siendo infligidas. ¿Qué dones terapéuticos podrán obtenerse cuando se niegan las necesidades intrínsecas?

La metafísica del budismo y las búsquedas taoístas postmodernas no tienen que ver con la adopción de un camino guerrero, incompatible con la fe y la paz que se profesa. El Wushu no es el resultado de una aspiración religiosa. Ha sido evaluado y desarrollado durante miles de años como un modo de vida en el interior de las sociedades laicas y militares. Posee en sí mismo los pilares de una sabiduría que sobrepasa las estructuraciones teológicas.

Convertir su práctica en un “show circense” puede ser maravilloso a la vista, pero deprimente ante la vastedad ideológica de una civilización milenaria.

Continuará…